El mundo está más conectado. Pero no para todo el mundo.
Vivo en el sur de Europa.
Mi hogar está donde me siento a gusto. Hace tiempo que mi vida, mi trabajo, mis amistades y mi familia dejaron de estar ligados a un solo lugar.
Y eso me parece maravilloso.
Puedo estar en Mallorca por la mañana, hablar con alguien en Alemania, enviar un correo a Estados Unidos y, unos instantes después, ver en mi pantalla a una persona que está al otro lado del mundo.
Para nosotros, las distancias han cobrado un significado completamente nuevo.
Trabajamos desde cualquier lugar. Compartimos momentos de un continente a otro. Seguimos en contacto, aunque nos separen miles de kilómetros.
Para muchos de nosotros, todo esto ya forma parte de la vida cotidiana.
Pero olvidamos algo fundamental: esta nueva libertad sigue sin estar al alcance de todo el mundo.
Vivimos en un mundo en el que la tecnología abre cada vez más posibilidades. Al mismo tiempo, dejamos fuera a muchas personas. Por motivos muy distintos.
Porque se hacen mayores. Porque viven con una discapacidad. Porque hablan otro idioma. Porque les falta experiencia digital. Porque no pueden permitirse determinadas tecnologías. O, sencillamente, porque nuestras soluciones tecnológicas no encajan en su vida.
Hablamos de progreso y de digitalización. De inteligencia artificial y de un mundo conectado sin fronteras.
Pero pocas veces nos preguntamos quién puede seguir el ritmo de todos estos cambios.
Y quién se está quedando atrás.
En mi caso, mi madre hizo que esta pregunta se volviera muy personal.

